martes, 13 de octubre de 2009

Reviviendo Viejos Recuerdos

--AQUI ESTÁ LA SÉPTIMA PARTE DE ESTA HISTORIA. QUE ESTÁ SIENDO LEÍDA POR MUCHA GENTE UDEPIANA. CADA VEZ MÁS CERCA DEL FINAL--

Cuando abrí los ojos, tenía al frente una señorita recata sobándome la entrepierna y besándome el cuello; sus ojos algo rojos por las drogas que había ingerido. Se alzó la falda más de lo debido, mientras mis manos tocaban sus redondos senos de quinceañera. Trata de bajarme el pantalón, yo totalmente excitado con mis ojos retumbando al palpar sus fornidas piernas; y en un ataque de hombría-creo yo- y algo de dolor, la empujo y escapé hacia la mesa, donde me aguardaba Angello, sonriente y como si esperara mi regreso con ansias (…)

- ¿Qué pasó, te noto algo raro, Nacho?
- Nada webón, una puta de mierda que estaba jodiendo.
- ¿Qué no pasó nada?, estaba rica mierda.
- Pendejo tu planeaste esto, no jodas pues.
- No fue mi intención hacerte enojar Nacho solo que tenía que hacer algo para que te olvides de Mariana.

Tomé un largo vaso de cerveza, me levanté y me fui; tenía todo el hígado revuelto y mi castellano cada vez tenía menos fluidez. Me amargo el hecho que Angello haya querido que haga algo que no quería hacer, caso rara, en él ya que nunca se había comportado así, no le tome mucha importancia, subo al carro, prendo un cigarrillo y enrumbo hacia mi departamento.

Antes de llegar al departamento, veo a un hombre, acabado, con la barba crecida y blanca, vestía sombrero y saco, sosteniéndolo un bastón. Cuando lo vi produjo en mi ser algo de nostalgia y extrañeza, bajo del carro, y cuando acerco mi mirada, era el papá de Mariana. Me saluda con un fuerte apretón de manos, entendiendo que las rencillas del pasado habían culminado.

-Señor, ¿Qué tal?, ¿Porqué tan tarde por aquí?
-Ignacio tengo que entregarte algo que creo que te pertenece. Por favor acompáñame.

Este señor, de nombre Gabriel, era un hombre que lo años y la tristeza que le causó la muerte de Mariana, cobraron factura, encontrándose totalmente demacrado, como sino tuviera ganas de vivir. Esa noche portaba lentes oscuros, pues sus ojos se encontraban hinchados ya que nunca dejaba de llorar y de estar acongojado. Sus cabellos ya se pintaban de blanco, su barba estaba larga y esponjosa y la parquedad que poseía hizo que no cruzáramos ninguna palabra.

Recuerdo que cuando sucedió lo de Mariana, Gabriel me culpaba de la muerte de su hija, lo cual me hacía sentir pésimo y más culpable de lo que me sentía, y sabía que siempre me tuvo un poco de cólera y resentimiento hacia mí, tal ves por eso se me hizo raro que me fuera a buscar, pues aunque no lo dijo sabía que me buscaba. Y por su forma de actuar y su parquedad sabía que tenía que entregarme algo importante.

Subimos a mi auto, Gabriel estaba guiándome. Prendo un cigarrillo, para poder asimilar el recuerdo que inconcebiblemente me causaba estar con el papá de Mariana. Llegamos a una nueva casa, se habían mudado, para de alguna forma no vivir con el dolor de ver el cuarto vacío de Mariana, de sus cuadros pintados por todos lados y del amor que ponía cada vez que ponía algún detalle en su casa. Esta nueva casa era triste, el amor se había esfumado. El dolor y nostalgia se habían apoderado de esta casa, que era tan chica como una ratonera.

Nos abre la madre de Mariana, de nombre Silvana, al verla mi corazón retumbo, era igualita a Mariana aunque algo demacrada y acabada como con 20 años más, pero sus ligeras sonrisas y su mirada perdida me hacían recordar tanto a Mariana.

Me quedé sentado en la sala esperando, algo desesperado y nervioso, por lo que me darían, sacan una caja llena de papeles, y regalos; de pronto vi el oso de peluche que le regale a Mariana para nuestro primer mes y que tanto le gustaba, recuerdo que lo llamó: “Tito”.Esto te pertenece Ignacio”, esas fueron las palabras de Gabriel al darme la caja.

En ese momento no la abrí ni rebusqué nada. La despedida fue un poco infructuosa y extraña; los padres de Mariana me abrazaron y se pusieron a llorar pues en mí veían la imagen de su hija. Yo sin más que decir solo los abrazo y diciendo un “adiós” doy media vuelta y salgo de la casa.

Cuando subo a auto, estaba algo intranquilo por la caja que me habían entregado. Decidí prender la radio para tranquilizarme un poco, en la cual estaba sonando la canción: “Nadie sabe lo que vendrá”, y entendí que después de explorar esta caja, no iba a saber lo que vendría para mí.

Ya en mi casa, abrí dicha caja, cada vez que alzaba algo, encontraba una nota mía, algún regalo mío, las primeras cartas que nos mandábamos en la universidad, los correos electrónicos, mientras algunas lágrimas corrían por mi rostro, al recordar todos los maravilosos momentos que pasé con Mariana. Luego de revisar todo, muy en el fondo encuentro una carta que no tenía mi procedencia. Algo extraño iba a suceder.

1 comentario:

  1. me quedéee pegadaza! jajaja LUisss!! increible pero cierto..me da penita =(. Ignasio sufre muchisimooo. E s la mejor historia! te felicito.. y no aburre para nada! me gusta muchisimo lo que escribes... soy tu seguiiidooraa numero unoo jajaja =) mas botada caritoo!! nada flaco, te quiero mucho.

    ResponderEliminar